Existen muy pocas óperas conocidas y amadas de las que sepamos tan poco como de Dido y Eneas de Henry Purcell. Mucho menos aún de óperas que se consideren seminales para la evolución lírica de una cultura entera, como lo es la británica al hablar de este título. Y es que las dudas respecto de esta partitura, entrañable y luminosa en su oscuridad emocional, son más que las certezas.
Todo parecería indicar que se estrenó en 1689 en el Josias Priest’s Girls’ School londinense; sin embargo, no podemos descartar del todo que la primera representación de la obra aconteciera en alguna corte británica (como la de Carlos II o la de Jacobo II).
Del mismo modo, la incertidumbre que envuelve esta obra nos dice que no podemos descartar del todo que en su primera versión contuviera un prólogo que permitía entenderla como una alegoría en la que Dido (reina de Cartago) es en verdad el pueblo inglés, mientras que el inconstante Eneas (héroe troyano) representa a un Jacobo II persuadido por toda una cohorte de brujas (la Iglesia católica) para abandonarla.
Y es que, si nos atenemos al historicismo musical más riguroso, incluso podemos dudar que la partitura que conocemos (que cuenta con varias versiones, incluyendo una del mismísimo Benjamin Britten) sea un verdadero reflejo de aquella compuesta de puño y letra por ese brillante músico llamado Henry Purcell. Pensemos que la primera versión escrita existente data de 1750. ¡O sea, más de 60 años después de su probable fecha de estreno! Y que en el camino bien pueden haberse perdido varios fragmentos de su música, debido a que fueron utilizados como interludios (intermezzi, habría que decir para ser fieles a la ontogenia operística) de obras de teatro.
Los avatares de esta pequeña obra maestra no paran aquí. Todo indica que Dido y Eneas no se volvió a montar, tras su estreno, en vida de Purcell y que su siguiente interpretación se dio como parte de la obra teatralMeasure for Measure de Shakespeare y en forma de ese embrión operístico británico —cocinado a base de música, texto hablado, texto cantado, danza y pantomima— al que hoy llamamos masque.
Y, como cereza de este pastel de incertidumbre, cabe mencionar que no se ha descartado que la aparente simplicidad canora de la obra se deba a que fue estrenada por un elenco de aficionados o incluso de niños.
Hasta aquí de dudas, porque las certezas en cambio son muchas, y todas tienen que ver con la obra maestra musical que Purcell nos entregó. Una que, si bien es ejemplo depuradísimo del barroco británico, es también poseedora de un moderno poderío emocional no sólo por su intensidad armónica y su honda vocalidad, sino por la atractiva mezcla que hace de recursos (affetti, podríamos decir) cómicos y trágicos, por la notable capacidad de su autor para musicalizar textos poéticos en su lengua y por el intenso “temperamento” que su coqueteo con el estilo italianista genera.
Dudas y certezas. Como las de la propia Dido, al fin y al cabo.
Gerardo Kleinburg
Sinopsis
Acto I
Dido tiene una gran tristeza. Está convencida de que su amor no es correspondido por Eneas, héroe troyano quien fundará la nueva troya por mandato de Júpiter. Belinda, hermana de Dido, le sugiere casarse con él y así resolver los problemas de Cartago. Dido teme que su amor debilite su monarquía y lo recibe fríamente pero pronto lo acepta en matrimonio.
Acto II
La hechicera y sus brujas traman la destrucción de Cartago y su reina, conjurando una tormenta. Envían un elfo disfrazado de Mercurio. Cuando el hechizo está listo, suenan los truenos. Dido y Eneas disfrutan de un día de caza interrumpido por la tormenta, y todos regresan a palacio. El falso Mercurio detiene a Eneas con la orden de partir esa misma noche para fundar la nueva troya en Italia. Él acepta su misión y, devastado por separarse de Dido, alista su salida de Cartago.
Acto III
Los marineros se preparan alegres para el viaje; las brujas observan y gozan de su maldad, prediciendo la muerte de Dido. En palacio, Eneas intenta convencer a Dido de su amor, pero ha de obedecer a Júpiter. Ella no lo acepta. Cuando Eneas dice que prefiere desobedecer y quedarse con ella, Dido, ofendida, le pide que cumpla con su destino y se vaya. Ella declara: “la muerte llegará cuando él se haya ido”.